Conjugando Adjetivos | 5 de Agosto de 2015 | Tony Fernández Reyes

eugenics

Para poder entender mejor la idea que quiero expresar se hace necesario contextualizarla a lo largo del tiempo para que adquiera el justo peso específico porque una idea vista en un momento dado de la historia, se suele quedar en solo eso, una idea; pero es posible, de hecho es seguro que cualquier tipo de circunstancia que nos afecta hoy en día, para poder explicarla, vamos “tirando de la manta” de una forma cronológica, buscando sus orígenes y no os quepa duda que quedaremos fascinados, como es en este caso.
Referente a la eugenesia, darwinismo social e ingeniería social hay que empezar en el siglo XIX que fue la maceta donde germinaron grandes movimientos que sacudieron la filosofía, la política y la ciencia y cuyas luces y sombras, a principios del siglo XXI, aún nos siguen afectando. Durante el siglo XIX nada estaba realmente diferenciado, los grandes descubrimientos científicos se interrelacionaban con los movimientos filosóficos y religiosos que conformaban la moral de las sociedades y, por tanto, buena parte de las políticas de sus gobiernos. Fue en este contexto en el que Charles Darwin, tras viajar en el Beagle dos años y después de varios más analizando sus muestras y observaciones, decidió hacer pública su teoría sobre la evolución de las especies.(sobre esta teoría hay mucho que decir, pero no es el tema de hoy).
La “supervivencia del más apto”, término que no fue acuñado por Darwin sino por el filósofo británico Herbert Spencer, o la “selección natural”, que sí se le debemos al naturalista, dieron el salto de lo meramente biológico al campo de la filosofía y de la naciente sociología. Francis Galton, además de primo de Darwin, fue un hombre de ciencia polifacético. Sus estudios sobre herencia ayudaron a desarrollar lo que se conocería décadas después como genética y también fundó y promovió la eugenesia, pseudociencia que propugna la mejora de la especie humana.
Galtón y otros consideraban que dentro de la Humanidad, los diferentes grupos combatían entre sí mediante mecanismos de competencia darwiniana, de forma que los más exitosos eran los portadores de las características más avanzadas y “perfectas” y, por tanto, los más aptos y lógicamente, el futuro (interpretando por más aptos la elite de la clase alta, claro). No sólo las personas con enfermedades hereditarias o socialmente rechazables como la epilepsia, sino las que padecían problemas como el alcoholismo o incluso aquellas que por circunstancias variadas tenían que practicar actividades como la mendicidad o la prostitución, pronto se pusieron en el punto de mira de sus partidarios. Por supuesto, la raza era otro factor demasiado importante para desecharlo y es que el racismo en esa época no era un concepto tan denostado como en la nuestra.
Las justificaciones sociales también encontraron su lugar. El criminólogo italiano Cesare Lombroso hablaba de imbéciles morales refiriéndose a aquellos individuos que no habían alcanzado un adecuado grado de evolución, por lo general locos peligrosos, asesinos natos y epilépticos, encontrando así una explicación para los comportamientos antisociales.
La eugenesia tenía dos formas de llevarse a cabo. La primera era evitar que determinados grupos se aparearan entre sí. Este sistema segregacionista se definió como eugenesia positiva y permitía en teoría salvaguardar los supuestos caracteres positivos de los individuos superiores. Este concepto es más antiguo aun refiriéndome a la endogamia tanto entre casa reales como entre familias de alto poder económico como los Rotchschild, Rockefeller, Morgan…La segunda, la eugenesia negativa, consistía bien en que no pudieran reproducirse quienes formaran parte de los grupos considerados inferiores, es decir, en su eliminación como sujeto reproductor, bien en su asesinato, acelerando de esta manera el que desde su punto de vista era el proceso natural. Ambos sistemas encontraron lugar en las políticas de los gobiernos de muchos países occidentales. El darwinismo social había encontrado una herramienta perfecta para su máxima expresión, mucho más poderosa que la simple y execrable opinión de un ciudadano con mayor o menor poder o influencia: había encontrado el Estado.

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