Una artículo de la página Mitos y Fraudes, de la Fundación Argentina de Ecología Científica (FAEC), de mano de su presidente. Que deja al descubierto las actuaciones de la dictadura científica.

Imagine el siguiente experimento: Usted escribe un trabajo científico falso, basado en datos falsos, obtenidos de experimentos sin metodología científica ni validación alguna, firmado con nombres falsos de investigadores que no existen, asociados a universidades que tampoco existen, y envía ese trabajo a centenares de revistas científicas del tipo “open access” –que ponen su contenido en la internet para ser publicado gratis. ¿Qué cree usted que pasaría?
Bueno, un biólogo-periodista americano llamado John Bohannon hizo exactamente eso y los resultados publicados por la revista Science, son aterradores –por lo menos para quienes nos preocupamos por el estado de salud de la ciencia y la credibilidad de los estudios “científicos”.
Bohannon escribió un trabajo falso sobre la propiedades supuestamente anticancerígenas de una molécula supuestamente extraída de un liquen, y envió el trabajo a 304 revistas científicas acceso abierto alrededor del mundo. El trabajo no sólo era totalmente falso y tan obviamente incorrecto, con fallas metodológicas y experimentales tan burdas que, de acuerdo con Bohannon, deberían haber sido muy obvias para “cualquier revisor con formación de química de la secundaria y con capacidad para comprender una planilla básica de datos de Excel”, y encima de todo los nombres de los autores y de las instituciones que firmaban el trabajo eran todos imaginarios.
A pesar de eso, más de la mitad de las revistas involucradas (157) aceptaron el trabajo para publicación sin rechistar. Un verdadero escándalo científico… pero apenas uno más en los que se ven con demasiada frecuencia.
Este escándalo es muy similar al famoso caso del Profesor Fox y su falso y abstruso estudio sobre una teoría absurda que, cuando se presentó para su evaluación a cientos de expertos y científicos en tres versiones, una de redacción complicada, incomprensible, cargada de términos difíciles; una segunda con menos términos complicados; y una tercera simple y directa, con lenguaje y sintaxis comprensible para alumnos del secundario, los que recibieron la complicada opinaron que era un tema muy interesante que merecía mayor investigación; los de la versión mediana opinaron que era un tema interesante pero no consideraban que tuviese algún valor, y los de la versión simple simplemente contestaron riéndose a carcajadas, considerando al tema y su desarrollo un dislate fenomenal. La moraleja: No hay científico alguno que se atreva a reconocer que no sabe sobre un tema que debería ser de su experticia. Terrible. Todos tienen miedo de pronunciar esas dos terribles palabras que denotarían a un científico de real valía: “No sé.”
Quiere decir que hay por ahí muchas revistas “científicas” que de científicas no tienen nada. Que el hecho de que un trabajo haya sido publicado en una revista no significa que sea correcto. La ciencia, como toda otra actividad humana, por desgracia no está libre de estafadores.
Por otro lado, el hecho de que una revista “Online” sea gratis no quiere decir que ella no tenga revisión de los pares, o “peer review”. El relato de John Bohannon acaba de ser publicado en el sitio web de Science, dentro de un paquete de artículos titulado Comunicación en la Ciencia: Presiones y Depredadores. Pero esto no quiere decir que el sistema de “open access” sea intrínsecamente malo o inválido. Por cierto que hay revistas de acceso libre y gratuito de óptima calidad, como las del grupo PLoS, como también hay revistas de acceso pagado de muy baja calidad que publican cualquier porquería, o que publican verdaderas joyas científicas en algunos campos de la ciencia y verdadera basura en otros. Tal es el caso de las muy respetadas revistas Science y Nature, que publican valioso trabajos sobre biología, medicina, geología, química, etc, pero cuyo activismo político en el campo de la ciencia del clima es demasiado notorio. Seguir leyendo