Venimos con una nueva colaboración en forma de relato corto o cuento. El empujoncito a Marte; un cuento de ciencia ficción de relativo futurismo con contenido social y socializante.

Recordaros que si queréis colaborar de la forma que mejor os salga, aquí tenéis el correo: colaboraconlalucha@gmail.com , esperamos vuestros puntos de vista.

El empujoncito a Marte

De pronto, la puerta de mi celda se abrió. Sabía que no era la hora del desayuno, ni del almuerzo, ni de la cena. Tampoco era hora de visitas. Debían ser cerca de las dos de la madrugada. Y sin embargo, no me extrañó. Dado que a la humanidad apenas le quedaban un par de días de existencia, algún carcelero debió compadecerse de nuestra suerte. No salí corriendo de la cárcel. ¿Para qué? Nadie lo hizo. Me quedé un rato, pensativo, mirando al techo de mi tenebroso aposento. Poco a poco, no obstante, todos fuimos, lentamente, saliendo de nuestras celdas. Nadie hablaba. ¿Qué íbamos a decir?

-Teníamos razón- soltó alguien al rato.
-Sí- respondí yo. Amargo consuelo.

Había más luz que en pleno día, cosa que por un instante achaqué a los años que llevaba encerrado. Ni un segundo tardé en explicarme el por qué. Lo sabía muy bien, mejor que nadie. Y seguí caminando. Las calles ofrecían un espectáculo fúnebre. Estaban llenas de gente. Pero en silencio. Nadie iba a ninguna parte. Algunos andaban, como yo. Otros estaban sentados. De pronto alguien gritaba, gemía o se lamentaba. Más allá otro se lanzaba al vacío desde un puente, o una azotea. Pero daba igual. Nadie hacía caso de nadie. Así, me dirigí a la playa. Decidí pasar mis últimas horas frente al mar. Capricho de viejo. Después de estar una eternidad en la cárcel, tan sólo a ello aspiraba. Estaba vacía. Apenas el suave murmullo de las rompientes alteraba el ambiente. Allí, por fin, lo vi. Y qué hermosa a la vez que espantosa visión. No lo imaginaba así. Y así era. Radiante, envuelto en haces dorados, el cometa X-308. Una enorme bola de fuego, de la cual, numerosos fragmentos incandescentes se desprendían en su inexorable avance hacia la Tierra. La imagen perfecta del Juicio Final. Qué discutible honor el mío. Asistir al colofón de la humanidad. Y en primera línea de playa. A fin de cuentas ¿qué me importaba a mí ya? Era un viejo, apenas si podía caminar. Me daba lástima por los pequeños pero… ¿Quién sabe? Quizá fueran afortunados de no tener que sobrevivir a las condiciones en las que, desde hace siglos ya, vivían la mayoría de seres humanos. Hacía calor. Mucho calor. Es posible que tuviera relación con la cercanía del cometa.
Tampoco sabía en qué mes estábamos. Me pareció ciertamente que la marea estaba más alta de lo normal.

-¿Vamos a morir papá?- escuché de pronto, detrás de mí. Qué ingenuidad.

A continuación percibí, al que debía ser su padre, romper a llorar. Le vi abrazar a su hija quien, curiosamente, no parecía inmutarse. Era demasiado pequeña para comprender. ¿Y por qué había de conmoverme? Yo lo advertí. Sí, y muchos otros. Ésa fue la razón por la que nos encerraron y aplicaron tormento. Idiotas. Podíamos haberlo evitado. Sé que fueron manipulados, engañados, persuadidos por gentes sin escrúpulos y mucho poder. Pero, ¿acaso no es también algo responsable de la desgracia quien la consiente?

Todo empezó hará ya un cuarto de siglo. Quizá más, he perdido la noción del tiempo. La humanidad había ido degenerando, a pesar del incontenible desarrollo tecnológico. La estructura de la sociedad era semejante a la del Antiguo Régimen. Exceptuando a nobles, soldados y sacerdotes, la pobreza era extrema. Sólo había un denominador común entre seres humanos. La superstición. Mitos, creencias, bulos que desde las élites se habían difundido desde hacía siglos para controlar a las masas, terminaron por cautivarles a todos. Qué estupidez. Pensar que la posición de los planetas podía afectar nuestro comportamiento. ¿En base a qué? Lo sé, soy un escéptico. No quiere eso decir que me ría de las creencias ajenas, ni que las cuestione por amor al arte. Me gustan los argumentos. Y considero que la carga de la prueba ha de recaer sobre aquél que afirma. Ni las cosas suceden cuando tienen que suceder, ni el tiempo pone a cada uno en su lugar. Aquí estamos, todos, en el mismo lugar, y enfrentados por igual, a las desgraciadas consecuencias de la irracional conducta de un puñado de iluminados. Sí, fue una tarde de verano, ahora lo recuerdo. El Sumo Sacerdote, rodeado de miles de acólitos, lo anunció por televisión. La mayor -y última- empresa humana jamás vista. Alterar la órbita de Marte. Nada. Un simple empujoncito… Pero pero pero ¿para qué demonios? ¿A qué extremo de locura habíamos llegado? ¿Qué beneficio podría reportar tal cosa al género humano? Obviamente, ninguno. A no ser, como era común entonces, que se creyera firmemente en las supercherías astrológicas de esa especie de hechiceros planetarios que gobernaban nuestra moral. Sospecho, no obstante, que algo más debió mover a las élites a promover dicho proyecto. Me resisto a creer que todos los miembros del gobierno, dado su mayor acceso a la información, creyeran tales
fábulas. Creo recordar que eran tiempos revueltos. Eso era. Una sucesión de tremendas sequías amenazaban con quebrantar la paz social y -debieron pensar las élites- era necesario distraer a las masas. En fin, el caso es que se hizo sentir a la población la necesidad de alterar ligeramente la órbita de Marte…

-Eso- dijeron por televisión, en todas las cadenas, todos los grandes líderes de la humanidad- aplacará las iras de nuestros dioses. Aceptarán el sacrificio que supondrá para todos nosotros tal empresa y volverá a llover como antes. Todos debemos contribuir para salvar a la humanidad. Gloria eterna a los que creen y colaboran.

Me cuesta, hoy como entonces, entrar siquiera a rebatir tal sinsentido. Nunca he creído en dioses, fuerzas mágicas ni nada parecido. Si no hay dioses ¿para qué creer? Si los hay, y son buenos, como afirman los que creen ¿Les importará demasiado que yo me haya equivocado? Y si los hay, pero son rencorosos y vengativos ¿para qué ir a donde ellos estén? Una cosa era cierta. El coste de la operación la íbamos a sufrir los de siempre. En menos de un mes, por sufragio popular obligado, la Hermes estuvo lista para zarpar hacia el firmamento. Una nave inmensa, de varios kilómetros de longitud, y propulsada por un par de reactores de fusión nuclear. Todo un hito de la inteligencia humana. De la inteligencia al servicio de la estupidez, sí. Pero un hito al fin y al cabo. Misión; acoplarse a la superficie marciana y aplicar al máximo la potencia de sus motores para desviar el planeta de su órbita. Millones de personas murieron para poder llevar a cabo tal empresa. Eso sí, todos contribuyeron entusiasmados. ¿Todos? No. De hecho, fuimos bastantes los que manifestamos nuestro descontento. No ya con el orden social injusto imperante, o con la excesiva manipulación de las masas, que también, sino con el despropósito mismo de la expedición. La consigna de las protestas era; nada que ganar, todo que perder. Algunos, como yo, dada nuestra condición de trabajadores en la Sociedad Planetaria, sabíamos que esta empresa, no sólo estaba provocando más muertes y desgracias para las clases bajas, sino que, aun de tener éxito, por llamarlo de alguna manera, las consecuencias habrían de ser imprevisibles. Pero, para desgracia de todos, la mayoría de la población, en su ignorancia extrema, confió ciegamente en la palabra de sus verdugos. Pocos nos escucharon. Ni siquiera se molestaron en castigarnos los gobernantes. Y, finalmente, la Hermes zarpó. Todo el planeta estuvo, durante el mes que duró su travesía hasta el planeta rojo, pegado al televisor. Fuera de las horas de trabajos forzados, se entiende. Y llegó. Se posó en su superficie para, una vez realizados los correspondientes ajustes, comenzar a cumplir con su cometido…

-¡Lo han conseguido! ¡Héroes! ¡Salvadores de la humanidad!- vociferaron los televisores al cabo de un mes y pico. Y las calles se llenaron de gritos de júbilo.

-¡Héroes! ¡Héroes! ¡Lo logramos!- repetían las gentes al unísono, cual ejército de papagayos.

Pero, ¿qué habíamos logrado? ¿Arruinarnos para las próximas generaciones? ¿Traer muerte y miseria a millones de hogares? Cretinos. Sí, parecía verdad. Consiguieron desviar la órbita de Marte unos cientos de metros, kilómetros quizá… era preciso rehacer todos los cálculos astrofísicos. Una calamidad de tales proporciones debía generar una incertidumbre del mismo calibre. Y entonces lo descubrí. No podía creerlo. Como astrofísico de la Sociedad Planetaria mi labor era, entre otras, clasificar los asteroides potencialmente peligrosos de acuerdo a la escala de Turín. Sí. Rehíce mis cálculos de trayectorias, una y otra vez. Consulté a mis compañeros. Y las computadoras lo confirmaron. Me resistía ante la evidencia empírica de las observaciones pero… no había duda. El cometa X-308 había pasado del nivel 1 al nivel 10. Es decir, colisión segura contra la superficie de la Tierra. Un objeto de varios cientos de kilómetros de diámetro. A la humanidad le quedaba un soplo de vida. Y el mundo debía saberlo. Quizá la Hermes pudiera alterar, de nuevo, la órbita de Marte. Loco me llamaron. A mí y a mis compañeros. Nos ridiculizaron por televisión. Resentidos, amargados, envidiosos. Nos acusaron de vivir a costa del esfuerzo ajeno. De querer provocar altercados.

-¡Vagos! ¡Parásitos! ¡Inútiles!- nos gritaban por la calle.

La Sociedad Planetaria fue clausurada por el gobierno, por presión popular y sin parecer disgustarle demasiado a los gobernantes. Al fin y al cabo el gobierno, formado por sacerdotes, nobles y soldados, llevaba tiempo planeando acabar con este último reducto de pensamiento libre. Tanto más, después de nuestras últimas protestas. Un día, de improviso, los observatorios y nuestra biblioteca se vieron envueltos en llamas y varios compañeros, yo entre ellos, fuimos agredidos por violentos en la calle. Esto, para sorpresa nuestra, nos dio cierta publicidad. Mucha gente comprendió que nuestros cálculos no eran erróneos. Que no nos movía el ánimo de lucro. Y, lo más importante, que había peligro. Ahí empezaron las revueltas. Fuimos pocos los que protestamos contra el proyecto en sus inicios pero, ahora, ante el riesgo evidente de extinción de la especie humana, muchos se nos unieron. Es cierto que enviar una recarga de combustible a la Hermes
hubiera supuesto nuevos sacrificios a la población, y eso aterraba casi tanto como la idea de recibir el impacto de X-308 dentro de algunos años. Pero aún había lugar para la esperanza. Y lugar de donde sacar recursos. Precisamente de quienes llevaban siglos acumulando a costa de los demás. ¿Acaso no nos habían metido las élites en este embrollo?
Justo es –proclamábamos a los cuatro vientos- que sean aquéllos que nos pusieron en peligro quienes sufraguen ahora el costo de librarnos de él.

Las élites, no obstante, viendo que cada vez éramos más los que exigíamos su compromiso, recurrieron a la represión. ¿Creyeron acaso que todo era un montaje para desalojarles del poder, o aún verdaderamente creían en la “extrema bondad” de su acto? Cuán delgada es la línea que separa incompetencia y malicia. El caso es que miles de personas murieron en las represalias y los supervivientes fuimos a parar a oscuras prisiones repartidas por todo el planeta. Si todos nos hubiéramos unido, si los perjudicados por la codicia sin límites de las élites hubiéramos gritado con una sola voz y golpeado con un solo puño… Pero qué importa ya. Vamos a morirnos todos, los buenos y los malos, los justos y los injustos, los humildes y los opulentos. Deben quedar pocas horas. Algunos fragmentos de X-308 han colisionado ya con la superficie de la Tierra. Cada vez son más, y más cegadora es la luz. A lo lejos diviso un pequeño asteroide estrellarse en el horizonte, sobre el mar. No voy a tener que esperar demasiado. En unos instantes un tsunami de varios cientos de metros de altura arrasará la ciudad.

Pierre Nandinsky
Madrid, 7-9-2012

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