A pesar de la que hay montada en el mundo y de toda la parafernalia que cada día más acelerada y descaradamente sigue perpetrando la élite para seguir con sus planes parece que nos cuesta salir del letargo y enterarnos de lo peligrosa que es la obediencia ciega.
Hace mucho tiempo que se desvirtuó la palabra autoridad. Etimológicamente significa el acatamiento natural de la superioridad de una persona en función de un determinada actividad o saber para nuestro progreso.  La “autoridad” se podría aplicar a toda persona cuyo conocimiento sea superior al nuestro y cuya obediencia nos supone una mejora en nuestra condición. Pero es que se aplica desde hace demasiado tiempo a los instrumentos de poder del gobierno sin tener ninguna legitimidad real.  Ahora su significado ha cambiado y se refiere a aquellos que gobiernan o ejercen el mando aunque el acatamiento de esa jerarquía no nos suponga ninguna mejora en nuestra condición, sino todo lo contrario.

Soy nacido muy alto para ser convertido en propiedad,
para ser segundo en el control
o útil servidor e instrumento
de ningún Estado soberano del mundo”. King John. Shakespeare.

Teniendo en cuenta que empezamos a tener bastante claro que el gobierno no trabaja por nuestro bien (solo hay que dejar atrás el miedo y empezar a informarse de verdad en este blog o en otros tantos para empezar a discernir) en Información por la Verdad nos hacemos un par de preguntas:
  •  ¿Con qué derecho los gobiernos nos imponen su autoridad si nos han demostrado que son una panda de ejecutores de los planes de la corporatocracia?
  • ¿Por qué obedecemos ante esa supuesta autoridad a pesar de que nos sigue estrechando la soga al cuello?
Y es que aún más peligrosa que la cadena de mando de la “autoridad” lo es la cadena de obediencia de los “súbditos”. Veamos el siguiente vídeo, que resume muy bien lo que queremos decir con esto.

Para ampliar, no os perdáis el documental: “El juego de la Muerte” donde se muestra este tema de manera excelente, con la experimentación, estudiando los factores que permiten que unos pocos tengan controlados al resto. Viendo este impactante documental podemos vernos en el espejo y observar hasta que punto estamos dormidos y como nos dejamos llevar por la supuesta autoridad hasta límites peligrosos, y todos esos ingredientes como si formasen parte de un concurso de televisión. Como la vida misma, oiga…


El Juego de la Muerte

El Juego de la Muerte es un documental impactante que sigue a 80 personas que se presentan voluntarias para participar en el piloto de un nuevo concurso de televisión y que, sin saberlo, están participando en un experimento similar a los que Stanley Milgram realizó en Yale en los años sesenta para estudiar el impacto de la autoridad en la obediencia de la población. Con ellos, Milgram pretendía encontrar una explicación al sometimiento de la sociedad civil alemana bajo el mandato de Adolf Hitler.

En este concurso, una glamurosa presentadora ordena a los concursantes que realicen descargas eléctricas a sus compañeros de juego cada vez que éstos fallen las preguntas de un cuestionario. El concurso comienza y, mientras tanto, un grupo de psicólogos analiza los inquietantes resultados.

Aunque el concurso es una farsa y las descargas eléctricas no son reales, ni el público en el plató ni los participantes lo saben. Parte del juego les obliga a convertirse en torturadores, realizando descargas eléctricas hasta niveles casi letales. El concurso avanza, la presión del público y de la presentadora es fuerte .¿ Realizarán descargas eléctricas los concursantes?, ¿hasta qué extremo serán capaces de llegar? ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer si una figura de autoridad nos lo ordenara?

Este controvertido documental generó titulares de prensa por todo el mundo tras su reciente estreno en la televisión francesa. El experimento que muestra El juego de la Muerte es una llamada de atención sobre la obediencia ciega a la autoridad y el poder de manipulación de la televisión.

Stanley Milgram, el experimento

En los años 60, Stanley Milgram realizó un estudio psicológico que desveló que las mayoría de personas corrientes son capaces de hacer mucho daño, si se les obliga a ello.

La idea surgió en el juicio de Adolf Eichmann, en 1960. Eichmann fue condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la Humanidad durante el régimen nazi. Él se encargó de la logística. Planeó la recogida, transporte y exterminio de los judíos. Sin embargo, en el juicio, Eichmann expresó su sorpresa ante el odio que le mostraban los judíos, diciendo que él sólo había obedecido órdenes, y que obedecer órdenes era algo bueno. En su diario, en la cárcel, escribió: «Las órdenes eran lo más importante de mi vida y tenía que obedecerlas sin discusión». Seis psiquiatras declararon que Eichmann estaba sano, que tenía una vida familiar normal y varios testigos dijeron que era una persona corriente.

Stanley Milgram estaba muy intrigado. Eichmann era un nombre normal, incluso aburrido, que no tenía nada en contra de los judíos. ¿Por qué había participado en el Holocausto? ¿Sería sólo por obediencia? ¿Podría ser que todos los demás cómplices nazis sólo acatasen órdenes? ¿O es que los alemanes eran diferentes?

Un año después del juicio, Milgram realizó un experimento en la Universidad de Yale que conmocionó al mundo. La mayoría de los participantes accedieron a dar descargas eléctricas mortales a una víctima si se les obligaba a hacerlo.

El experimento

Milgram quería averiguar con qué facilidad se puede convencer a la gente corriente para que cometan atrocidades como las que cometieron los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Quería saber hasta dónde puede llegar una persona obedeciendo una órden de hacer daño a otra persona.

Puso un anuncio pidiendo voluntarios para un estudio relacionado con la memoria y el aprendizaje.

Los participantes fueron 40 hombres de entre 20 y 50 años y con distinto tipo de educación, desde sólo la escuela primaria hasta doctorados. El procedimiento era el siguiente: un investigador explica a un participante y a un cómplice (el participante cree en todo momento que es otro voluntario) que van a probar los efectos del castigo en el aprendizaje.

Les dice a ambos que el objetivo es comprobar cuánto castigo es necesario para aprender mejor, y que uno de ellos hará de alumno y el otro de maestro. Les pide que saquen un papelito de una caja para ver qué papel les tocará desempeñar en el experimento. Al cómplice siempre le sale el papel de “alumno” y al participante, el de “maestro”.

En otra habitación, se sujeta al “alumno” a una especie de silla eléctrica y se le colocan unos electrodos. Tiene que aprenderse una lista de palabras emparejadas. Después, el “maestro” le irá diciendo palabras y el “alumno” habrá de recordar cuál es la que va asociada. Y, si falla, el “maestro” le da una descarga.

Al principio del estudio, el maestro recibe una descarga real de 45 voltios para que vea el dolor que causará en el “alumno”. Después, le dicen que debe comenzar a administrar descargas eléctricas a su “alumno” cada vez que cometa un error, aumentando el voltaje de la descarga cada vez. El generador tenía 30 interruptores, marcados desde 15 voltios (descarga suave) hasta 450 (peligro, descarga mortal).

El “falso alumno” daba sobre todo respuestas erróneas a propósito y, por cada fallo, el profesor debía darle una descarga. Cuando se negaba a hacerlo y se dirigía al investigador, éste le daba unas instrucciones (4 procedimientos):

Procedimiento 1: Por favor, continúe.
Procedimiento 2: El experimento requiere que continúe.
Procedimiento 3: Es absolutamente esencial que continúe.
Procedimiento 4: Usted no tiene otra alternativa. Debe continuar.

Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

Este experimento sería considerado hoy poco ético, pero reveló sorprendentes resultados. Antes de realizarlo, se preguntó a psicólogos, personas de clase media y estudiantes qué pensaban que ocurriría. Todos creían que sólo algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo. Sin embargo, el 65% de los “maestros” castigaron a los “alumnos” con el máximo de 450 voltios. Ninguno de los participantes se negó rotundamente a dar menos de 300 voltios.

A medida que el nivel de descarga aumentaba, el “alumno”, aleccionado para la representación, empezaba a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro”, gimiendo. Se quejaba de padecer de una enfermedad del corazón. Luego aullaba de dolor, pedía que acabara el experimento, y finalmente, al llegar a los 270 voltios, gritaba agonizando. El participante escuchaba en realidad una grabación de gemidos y gritos de dolor. Si la descarga llegaba a los 300 voltios, el “alumno” dejarba de responder a las preguntas y empezaba a convulsionar.

Al alcanzar los 75 voltios, muchos “maestros” se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.

En estudios posteriores de seguimiento, Milgram demostró que las mujeres eran igual de obedientes que los hombres, aunque más nerviosas. El estudio se reprodujo en otros países con similares resultados. En Alemania, el 85% de los sujetos administró descargas eléctricas letales al alumno.

En 1999, Thomas Blass, profesor de la Universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni el lugar de la investigación.

Película, EL EXPERIMENTO

Aquí podeis descargar la película EL EXPERIMENTO:
http://www.peliculasyonkis.com/pelicula/el-experimento-2001-dvdrip/

Llegaron a una cárcel ficticia buscando una forma rápida de ganar dinero fácil. Ahora sólo buscan la manera de sobrevivir. Todo empezó como un experimento científico protagonizado durante dos semanas por veinte hombres que cobrarían por su colaboración 2.000 dólares. El proyecto consistía en estudiar el comportamiento agresivo en un ambiente carcelario simulado. A los participantes se les asigna el papel de guardianes (ocho) o prisioneros (doce). Los prisioneros deben obedecer las órdenes, y los guardias deben mantener el orden. Pero dar a un hombre un poco de poder puede tener consecuencias insospechadas…

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